Una visión (más) sobre lo que pasó y lo que no pasó en el 3er “DÃa A” del Club de Creativos organizado en Las Palmas de Gran Canaria.
Acurrucado en el asiento 12-D, con las playas de Las Palmas empequeñeciéndose en la ventanilla y antes de caer rendido debido al cansancio acumulado, echo una ojeada a los que viajan conmigo en el avión.
Por el asiento 5-D anda Pere Rosales, abalanzado sobre su mac, preparando un post sobre el DÃa A. Muy cerca de él está Daniel Solana, intuyo que bastante cansado, porque le tocó ración extra con “lo mismo que a todos” + “conferencia personal e intransferible” para cerrar los eventos del jueves. A su lado descansa Philippe, que junto con Concha (bendita Concha) ha pasado dos dÃas non-stop, guagua arriba guagua abajo, consiguiendo que todo lo que tenÃa que salir bien saliera bien. Más cerca descubro a J. M. Batalla, tal vez en la fila 10, quién sabe si reflexionando sobre la conferencia que a él también le tocó dar. Finalmente, delante de mà está Fernando Codina, de Santa Marta, y ya en la misma fila 12, desde donde barrunto estas reflexiones, cierra el grupo José Gamo, compañero de debate y de algún que otro Gin Tonic también. Dispersos, pero ahà estamos todos (los de Barcelona, se entiende) regresando del tercer DÃa A organizado por el Club de Creativos. Es decir, de dos dÃas y medio de intensas charlas sobre lo que está pasando ahora en el mundo de la publicidad, sondeando a los anunciantes, escuchándoles contarnos en primera persona los asuntos que más les preocupan y mirando de esbozar juntos ideas para hacer mejor las cosas.

Mas allá de seguirle dando vueltas a si Facebook es o no es un gran invento, si los GRPs son mentira o si tengo que ponerme al dÃa porque ayer anoté diez siglas nuevas, me centro en un número.
El número 3, que es (si mis cálculos no son erróneos) el número de filas que separan a Daniel Solana de J. M. Batalla en este vuelo que nos lleva a casa. Tres filas les separan. Pero recordando lo que dijo el primero el jueves y lo que añadió el segundo el viernes, detecto en mi mente un runrún muy tozudo que sugiere que es mentira, que están mucho más lejos. Que incluso si Solana se hubiera sentado en la cabina y Batalla en la cola, estarÃan fÃsicamente más cerca de lo que lo estuvieron las visiones que presentaron. Quizás, si construyéramos un avión gigantesco, con miles de filas dentro, lograrÃamos separar sus cuerpos a distancias comparables con lo que dista entre sus opiniones. Pensando eso, ahora sÃ, me quedo dormido otra vez. Imaginando a Daniel en la fila 23 de un “Airbus CdC 3 DÃa A” y a José MarÃa en la fila 1.323 del mismo artilugio, completando este viaje (¿podrÃa decirse mini-transoceánico?) que sortea las brisas atlánticas camino de costas Mediterráneas.
Me despierto a medio vuelo por un mal golpe de suerte. La señora de atrás, que tiene que ir al baño, me exige de malas maneras que coloque mi asiento en posición vertical.
Trato de explicarle que están hechos para reclinarse, pero desisto al observar que, si lo mantengo asÃ, será fÃsicamente imposible que ella y su tripa logren abrirse paso. Superado el incidente vuelvo a visualizar el Airbus gigantesco, con tantos asientos en su cabina como opiniones hay en el sector. Recuerdo los sustos de los que habló Solana y la fantástica metáfora que usó al hacerlo, proyectándonos escenas de la pelÃcula “Monsters”. Los monstruos eran anuncios y las puertas eran canales. A su lado, monto un slide de la presentación de Batalla, rezando como un catecismo que el objetivo final de la publicidad es vender, y que ya Lorente explicó en su libro las mismas claves y paradigmas que rigen lo que sucede ahora. Pero a su lado se cuelan un hotel construido con basura, historias memorables convertidas en anuncios o incluso maravillosas ideas que son campañas vertebradas sobre un producto.

Y luego recuerdo las caras de los otros, los que escuchaban. Los que se fijaron en el barniz que faltaba. Los que pidieron más medición con vehemencia. Los que se negaron a irse con la moral baja.
Hay sitio en este avión para todos. Ventanilla, pasillo. 23-C. 1.200-A. Cada uno se ubica en un lugar preciso, en base a un peculiar sistema de referencia “Batalla-Solanero” que mide lo cerca o lejos que se está de los publicistas mencionados. Ahora sÃ, se acabó: ya no puedo dormir más. La imagen es demasiado potente para obviarla y conciliar el sueño. Las preguntas que me genera, demasiado intensas ¿Dónde se sentarÃa VizcaÃno? ¿Y Paco RodrÃguez, de Coca Cola? ¿Ezequiel pilotarÃa el aparato? ¿Rafa Antón y Pepa Rojo irÃan juntos? A Piñero le veo invitando a Cava a todo el mundo, mientras Pere Rosales se pasea con su micro y Miguel Olivares reparte sonrisas por el pasillo. Hay también anunciantes, claro, que se distribuyen de manera heterogénea por el aeroplano. Finalmente, ya colocados, procedemos a concretar nuestro destino. Entonces se genera un gran debate mientras el avión sobrevuela el estrecho. Pese a la confusión, soy optimista, porque todos acordamos debatirlo, y eso ya es mucho. Hace un tiempo habÃa debate sobre si realmente habÃa debate. Ahora no, ya no hay dudas: el mundo cambia y tenemos que ajustar la hoja de ruta.

La voz del piloto (el no-imaginario, el de Spanair) me corta el rollo: “En pocos minutos aterrizaremos en Barcelona, el cielo está nublado, llegamos a la hora prevista”.
Descenso de rigor, frenada larga. Abandonamos con prisas el avión que nos ha traÃdo desde Canarias. Unos minutos más tarde, andando ya por Gracia, el Airbus imaginario y sin destino atraviesa por última vez mis pensamientos. Se escuchan voces que dicen que habrÃa que ir a Ibiza. Otros hablan de hacer escala en San Francisco. Incluso hay creativos que preferirÃan volverse a casa. No me queda muy claro si hay consenso o si el debate se prolongará mucho más tiempo. Al menos (me digo a mà mismo) volamos juntos en el mismo trasto. Y también hay anunciantes, que son los que pagan. Veo a Batalla tomando notas cerca de un ala. Daniel Solana sonrÃe a mil trescientas filas de distancia.
Ignasi Giró / Junio de 2011

